13 de Mayo de 2013

La madurez me ha cacheteado a través de mil detalles. Una diáspora de achaques se acoge a mis tejidos. Una marabunta de imperfecciones me acorrala desde más flancos de los que puedo atender. Ayer fueron unos vasos en la nariz, la semana pasada un nicho donde antes había encía; hace un mes, más frente de la que quisiera.

Me agarró el interés compuesto, el computador, la tortuga esmerada. Me aguaron la salsa, los japoneses me pescaron, me robaron el maletín mientras hacía una llamada. ¿Por qué no podía haber sonado una alarma a tiempo?

El verdadero problema es que quiero amiga y no cualquiera. Quiero las que estoy acostumbrado a querer. Aquellas en cuyo margen de error hace ya rato me encuentro. Estemos claros, estoy en su visión periférica, en la segunda opción del foco automático. Ayer caminando por mi cuarto tropecé ligeramente con una lámpara y el bombillo dejó de encandecer. Le quedaba un golpecillo de vida. Así está mi vanidad, presagiando la tacha que termine de mover la balanza.

¿Por qué no podía haber sonado una alarma a tiempo? ¡Hubiera tratado de hacer dinero!

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